Durante un tiempo, tuve envidia de las personas Anafóricas.

Las imaginaba momificadas mascando chicle sabor adrenalina ante uno de los muchos lienzos en blanco que cuelgan de sus salones escandinavos. Saboreando esos segundos previos a que alguien se digne a impregnar todo de color mostaza. Las anafóricas son así, encuentran placer ante cualquier tipo de comienzo. Identificarlas resulta muy sencillo porque se sitúan siempre en el arco de salida de una carrera cualquiera, se saben al dedillo (única y exclusivamente) las primeras paradas de las líneas de tren o el compás inicial de cada canción. Todas ellas tienen un postgrado por la Universidad de Relaciones Sociales en Romper el Hielo. Se manejan con una profesionalidad y elegancia exquisita ante cualquier tipo de silencio que necesite ser aislado para inmediatamente transformarlo en un inicio empático (bien sea cotidiano, de andar por casa… o uno con una intencionalidad emocional concreta). Por si fuera poco, no saborean la tristeza de ningún final porque nunca lo logran alcanzar. Sus vidas viajan de inicio en inicio. Hasta la muerte para ellas es un principio más. Lo que yo te diga: admiración, respeto y envidia (sana) hacia las anafóricas.

Yo en cambio siempre fui un poco Oxímoron.

Por ejemplo, desde pequeña experimento lo que autodenomino “vértigo suicida” que viene a ser algo así como una fobia a la altura (vértigo de toda la vida) pero con un extra: el deseo irrefrenable de tirarse desde toda clase de altitud (supongo que para acabar pronto con esa dicotomía miedo-deseo). De las contradicciones autodestructivas vive todo oxímoron que se precie. ¿Qué se puede esperar de alguien a quien le abrasa el hielo?. Pues eso, que no somos de fiar. Y así, con este contexto tan innecesario, es como llegamos hasta esta “carta de presentación” que tanto disfrutaría un anafórico pero que, a mí particularmente, me está costando un oxímoron más en la vida:

“La Pausa dentro de la Pausa”

Si mi falta de constancia no supone un obstáculo (y no es por desalentar, pero ya van varios intentos fracasados), la primera razón de este lugar es hacer una pausa dentro de mi otra pausa, la publicitaria. En mi profesión, son muchas las veces que las palabras, las tipografías o las imágenes usan un corsé tan, tan apretado y reciben tantos, tantos cambios que temo a que llegue un día en el que se queden completamente huecas. Por eso, en esa metapausa publicitaria, busco encontrar el movimiento justo para que algunas letras logren desprenderse de sus serifas y que éstas puedan, al fin, encontrar su propio punto de apoyo. 

“La Desdramatización del Drama”

Como ya sabrás, estás ante la puerta de una oficina, pero no una cualquiera:  “La Oficina de Asuntos Interiores”. Si te adentras un poquito, encontrarás una sala de espera abandonada que huele a una mezcla de Espidifen granulado y a ropa recién estrenada. Y sí, lo que estás viendo ahora son miedos, imperfecciones, errores, tristezas e infortunios varios en todas sus formas y tamaños, esperando sentados e impacientes por una misma persona… por ti. 

Tranquila, no van a crear un sindicato de grises (aunque a veces lo deseen). Están aquí para reivindicarse. Están cansados de que la vida proyectada, empeñada en aplicar filtros a todas y cada una de nuestras letras, los silencie y remodele hasta eliminar la tilde de sus pestañas. Creen que es la hora de emular a aquel cine del destape de los setenta y desnudar la realidad, o poner la realidad al desnudo: el destape de un Mundo imperfectamente perfecto.

Y así,  mis queridas damadramers,  es como “comienza finalmente”  la anáfora de un oxímoron:

  • No seré constante (los dramas no lo son). 
  • No sé si tendrá un fin o si solo será un comienzo más (de infinitos comienzos).
  • Lamentándolo mucho, seguro segurísimo, habrá muchas faltas (pido perdón de antemano a filólogos y poseedores de cultura general, necesito un “Corrector ortoTrágico” en mi vida).
  • Espero que esta oficina sea profundamente contradictoria e imperfecta, a proyectar a las personas cataeufóricas y poliédricas  para que se roben-a ellas mismas- unos minutos a solas.
  • Para hablar y presumir de desvanes llenos de contratos, rarezas,  del bello autopapeleo cotidiano, de burocacia poética.

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